Hans Bellmer (Katowice, Polonia, 1902 – París, Francia, 1975) fue un artista surrealista polaco, afincado en Alemania -y más tarde en Francia, debido a la II Guerra Mundial-, que comenzó trabajando en publicidad y terminó desarrollando un enfoque erótico-crítico en su producción artística, como parte de un mecanismo autorreflexivo y liberador.

Un joven Bellmer llegaba a Berlín en 1920 para estudiar ingeniería, alentado por su padre. Sin embargo, poco después de empezar sus estudios, decide dedicarse al arte. Hans Bellmer aprende dibujo y perspectiva con George Grosz, del que recibe una gran influencia, así como de los escritos de Karl Marx y Lenin.
Más tarde, encuentra trabajo en el sector de la publicidad, donde se dedica a dibujar y diseñar, además de pintar, esculpir y fotografiar en su tiempo libre.


En 1932, movido por el reencuentro con varios juguetes de su infancia, que su madre le envía en una caja, y por la escalada en el poder del fascismo, Bellmer comienza a crear un nuevo proyecto artístico que no encajará en absoluto con las premisas nazis, pero que conectará de forma freudiana con el subconsciente de las personas removiendo deseos oscuros y sensaciones silenciadas. Así nace la Poupée o la muñeca de Bellmer.
La Poupée consistía primariamente en un armazón de madera con una cabeza, un brazo, dos piernas, una mano y dos pies. Estaba hecha de tela arpillera encolada y luego envuelta en papel maché. En un segundo momento se le añadieron otras piezas, que se podían intercambiar o añadir al cuerpo principal, como otro par de de piernas, un tronco con pechos, una cabeza, ojos de cristal y diferentes tipos de pelo.

El artista utilizó a la Poupée como modelo en unas sugerentes fotografías, que más tarde envió a la revista surrealista «Minotaure» y que publicaron en 1934. En 1935 publicó el libro “Die Puppe”.
Bellmer buscaba el movimiento en el maniquí, quería jugar con las posturas que adoptaba y con su cuerpo inerte y estático. Para esto ideó un sistema de articulaciones y de piezas desmontables, que jugaron un importantísimo papel en las fotografías publicadas en la revista «Minotaure» y que fueron las que cautivaron a todo el colectivo surrealista, que abrazaron al artista inmediatamente.


Y es que la Poupée cumplía todos los sueños fetichistas de los surrealistas. Se trataba de un cuerpo femenino, vestido únicamente con unos zapatos y unos virginales calcetines blancos, que tal vez hacían referencia a la figura de la Lolita,o incluso a la femme fatale, a la que tanto adoraba el grupo de Breton. Y el hecho de poder jugar con el cuerpo -y, en concreto, el cuerpo femenino-, con sus extremidades, quitar o poner la cabeza, permaneciendo siempre visible su sexo, era una fantasía surrealista. En 1939, Bellmer retoma a su querida Poupée, que en realidad nunca abandonó, y realiza la serie «Les jeux de la poupée», los juegos de la muñeca. Las fotografías están acompañadas de textos y poemas experimentales de uno de sus compañeros surrealistas, Paul Éluard.En una de las imágenes más significativas de esta serie, vemos a la muñeca que posa desinhibida, mostrando su cuerpo deforme y sensual con dos pares de piernas y, por tanto, de zapatos y calcetines, con ropa en el suelo; Desnuda para ser mirada, pero sin ojos, nos hace voyeurs, y cómplices del hombre que, anónimamente, también observa la escena detrás del árbol.


Como era previsible, el movimiento nazi marcó como «arte degenerado» la muñeca de Bellmer y toda su producción, acusándole de querer provocar al pueblo [para que despertase]. Y, en efecto, era justo lo que Bellmer quería, así que emigró hacia Francia para reunirse con el grupo de los surrealistas, pero también para ponerse a salvo.
En una primera lectura la Poupée puede parecer un mecanismo de carácter machista, realizado tan solo para proporcionar placer a los hombres del círculo surrealista, sin embargo, si ahondamos en la lectura de la muñeca, Bellmer no sólo la hizo deforme en ciertas partes, sino que exageró otras, otorgándole un cuerpo semi mutilado a la par que voluptuoso. Esto fue un deliberado enfrentamiento al cuerpo perfecto y simétrico de la raza aria que prodigaba el nazismo: cuerpos delgados, musculosos, rubios y de ojos azules que contrastaban con el cuerpo deforme, a medio hacer y, sin embargo, misterioso, provocador de deseo y fetichismo de la Poupée.


Precisamente ese deseo y morbo era lo que Bellmer quería destacar al mostrar su muñeca. Nadie queda impasible ante la mirada perdida y, paradójicamente, también directa de la Poupée. Diversos sentimientos nos recorren: inquietud, morbo o curiosidad. Sentimientos que hoy reconocemos como humanos, es más, que nos hacen humanos y gracias a los cuales podemos conocernos a nosotros mismos y liberarnos en este autoconocimiento de sensaciones y sentimientos, tan profundos como socialmente evitados o censurados: deseo, morbo, muerte, erotismo, drama. La influencia del psicoanálisis que se acusaba en la obra de Bellmer hacía las delicias de los surrealistas que amaban este tipo de obra, que era capaz de confrontar sentimientos, hipocresía social y sensaciones inconscientes. La Poupée de Bellmer es más que una obra de arte, es un objeto subversivo que nos plantea todo tipo de preguntas sociales y personales.

Para Bellmer, la muñeca fue una constante a lo largo de su carrera. Condicionó su forma de producir arte y le guió hacia un tipo de obra erótico-crítica que desarrolló durante el resto de su trayectoria.
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Créditos de las imágenes: www.famousphotographers.net, jchahal1.workflow.arts.ac.uk, www.tate.org.uk, es.pinterest.com, www.museoreinasofia.es
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